viernes, junio 1

Pecados Canninos (IX)

(YA NO DESDE CANNES, REPORTA MARCELO ALDERETE, MANIACO A SECAS)
 Mientras escribo esto el Festival ya terminó y yo estoy en algún lugar en el aire a bordo de un avión, tratando de recordar eventos (y películas) que, parece, ocurrieron hace siglos. Uno de ellos, espero que me acompañen, es el siguiente.
Suelen ser raras las llamadas "medianoches" en el festival de Cannes.  Habría que ver si responden a un gusto cierto de su programador Thierry Fremaux, o simplemente una costumbre heredada (mejor dicho: compartida) por la mayoría de los festivales de cine. Mas allá de especulaciones, los títulos que ocuparon esas noches movidas, fueron tres y, a priori, prometían y mucho. Drácula 3D, de Dario Argento, Maniac, de Franck Khalfoun y la nueva (al menos por estas horas), película del inoxidable y eterno Miike Takashi, For Love's Sake, titulo que, ¡ay!, no pudimos ver.
Hace unos días, y a raíz de la presentación de Drácula 3D, conversábamos vía Twitter con la amiga Griselda Soriano, sobre lo que ocurre con los críticos "serios" y el cine de terror (por llamarlo de alguna manera). Si bien desprecio no sería la palabra indicada (hoy lo "pop" dentro de cualquier tipo de critica cultural es políticamente correcto), hay cierta mirada de segundo grado, sesgada a veces, que los críticos de "paladar negro" le dedican a este tipo de cine. Pero hay algo peor, y es cuando esos críticos tratan de entender esas películas o leerlas desde sus sus miradas. Basta como ejemplo de esto, lo ocurrido en la última edición del BAFICI y su sección de medianoche. El otro problema cierto es, justamente, los críticos que solo parecen dedicar sus esfuerzos a crear, consumir y difundir el cine de terror. Admirar y defender películas, simplemente por la pertenencia a un género es algo absurdo. La medianoche es un terreno fangoso, lleno de criaturas extrañas y el terror, como género, (uno que incluye miles de sub-géneros y variaciones) sigue siendo inasible.
Maniac es la remake de un clásico tremendo del cine gore de los 80. El director de la original, William Lustig es, además, el irresponsable creador de la trilogía Maniac Cop y de una (su) obra maestra: Vigilante (1983). Maniac, la original, es una película brutal. Desde su estreno en 1980, ocupa un lugar de clásico entre los fanáticos más extremos del cine de terror. ¿Cómo olvidar la cajita de su edición en vhs local, en donde el maniático del título sostenía un cuchillo en una mano y en la otra la cabeza cortada de una mujer? En esa imagen, en donde el rostro del protagonista no se ve, esta la clave de esta nueva versión.
Leo el wikipeidistico párrafo anterior y me doy cuenta de lo lejos que estoy de aquel adolescente que consumía con malsana ansiedad todo ese cine de terror tan de los años 80. Argento, Lustig, Fulci, Henenlotter y siguen las firmas. Hoy en día, no puedo volver a ver estas películas. La última vez que intenté con El descuartizador de New York, la experiencia no sólo no fue placentera, sino que en más de una escena tuve que desviar la mirada y esperar que la cosa menguara. Ni hablar con los nuevos exponentes de cierto tipo de terror, muchos, los mejores de ellos, franceses. Ver Martyrs completa, fue para mi (valga la redundancia) un verdadero martirio. Me pregunto por qué, entonces, me sigo exponiendo a esas películas. Supongo que la respuesta está en cierta fidelidad a aquel niño que fui alguna vez y que consideraba El mas allá, de Lucio Fulci (vista en el cine Olympia de Mar del Plata junto a su padre) una de las mejores películas de una -en ese entonces- corta cinefilia.
Ese niño también recuerda que su padre abandonó la sala ante una terrible escena en particular, pero el pequeño cinéfilo, permaneció estoico hasta el final. Así de duro era ese niño y así de comprensible su padre. Al escribir esto también me pregunto que hacia un padre llevando a su hijo a un doble programa de terror prohibido para menores de 18 (por lo cual seguramente sobornó al boletero), en lugar de llevarlo a la playa. Pero como la respuesta de eso es parte de mi vida, mejor abandono este tono de José Luis Garci psicotrónico y sigo con lo que estaba.
Maniac, versión 2012, dirigida por Franck Khalfoun y producida y escrita por Alexander Aja (junto a su ladero Gregory Levasseur), rostro más visible y exitoso de un grupo de directores franceses que supieron darle nuevos aires al género, como suele decirse. Esta remake tiene dos notorias particularidades. La primera y más importante, está filmada desde el punto de vista del psicópata protagonista. O sea, nosotros los espectadores somos sus ojos. Eso sí, la puesta no es del todo rigurosa y a veces la cámara se eleva por sobre su protagonista y así lo vemos mejor en todo su esplendor y locura. Y aquí viene la otra particularidad, el (anti) héroe de la película no es otro que el pequeño Elijah Wood. En otras épocas, las estrellas que veían apagar sus brillos terminaban por aceptar papeles en películas clase B de terror, épocas en las que no existía Tarantino, casi como último intento por mantener sus carreras con vida. Hoy en día sorprende ver a Elijah (una gran estrella) aceptando protagonizar una película brutal como esta, que si bien no llega a los extremos de la original, no se ahorra ningún tipo de violencia. Para los que desconocen la trama, sepan que se trata de una leve variación de Psicosis (en este caso, incluso desde el casting). El personaje protagónico es el dueño de una tienda de maniquíes. La cabellera que lucen esos maniquíes provienen de bellas mujeres a las que Elijah caza por las noches para retirarles, de manera poco sutil, sus cabellos y de paso parte de sus cabezas. El uso del punto de vista del protagonista (un recurso que hasta Orson Welles pensó en utilizar para su adaptación de El corazón de las tinieblas, novela de Joseph Conrad que más tarde se transformaría en Apocalipsis Now!) funciona bastante bien, pero claro, no es llevado al límite. Repito, el protagonista es Elijah Wood. Imaginemos la cara del productor cuando le llevaron la idea y le avisaron que el protagonista, Elijah, iba a aparecer en pocas escenas. Funciona, decíamos, lo del punto de vista y sobre todo en una escena en particular, hacia el final de la historia, en donde un hecho fortuito y accidental, da vuelta (literalmente) la película entera.
Al buen sabor, ácido como la sangre, que nos dejó Maniac, hay que agregarle el ámbito donde la vimos junto a los amigos chilenos, René Naranjo, crítico y Raúl Camargo, programador, quien después de la pelicula no dudo en llamar a Elijah Wood “el señor de los cuchillos”. La función trasnoche en la Lumiere, la sala más grande del festival de Cannes, no lucia llena como de costumbre. El festival ya se acababa y la proyección empezó mas tarde que de costumbre. Pero no faltaban las señoras vestidas de gala y los hombres de esmoquin. A partir de la primera secuencia, brutal y sangrienta (como para dejar en claro de que iba la cosa), inmediatamente seguida del titulo Maniac escrito en letras rojas sonre un fondo negro, una señora elegantemente vestida y de tacos altos, altísimos, se levantó de su butaca y nos informó a todos que abandonaba la sala con un simpático y muy respetuoso "Bye, bye", que desperto las risotadas de toda la sala. A partir de ese momento, y ante cada escena sangrienta, la gente se retiraba en grupos. No era la calidad de la película lo que provocaba esto, era que la mayoría del público no tenia ni idea de que se iba a tratar. Obviamente, otros sectores de la audiencia no pararon de festejar durante toda la noche, aplaudiendo cada intervención de Elijah Wood, presente en la sala y merecedor de una gran aplauso al final de la función. De esto se trata la medianoche, de la comunión entre el público y la película que están viendo. De ese momento de celebración. Aunque lo que se aplauda y celebre sean cosas horrorosas, en más de un sentido. No parece tan difícil, y sin embargo...
Vuelvo por un segundo, antes de despedirme, a los críticos serios. En un viejo festival de Rotterdam, ya hace unos años, titularon una sección “La maquina cruel”. Un gran título que seleccionaba películas que ejercían algún tipo de crueldad, tanto hacia sus personajes como a los espectadores. (Con el tiempo la crueldad hacia los personajes y el espectador, se transformaría en la marca de agua del cine autoral, y una manera de asegurarse premios en festivales). No recuerdo los títulos de la selección, pero no se trataba de películas de terror sino de ese otro género llamado cine arty. Lo que  sí recuerdo, es que en ese grupo de películas estaba Funny games en su primera versión (la austríaca), de cuando Haneke era bueno.
Pienso en varios directores, considerados grandes autores del cine contemporáneo, que ganarían mucho si antes de querer mostrar sus visiones del mundo, sus miradas de artistas, se dedicaran al género del terror. Haneke seria uno de ellos, Bruno Dumont otro, (imaginen un película de terror con la intensidad de los últimos minutos de 29 Palms) y Gaspar Noe, si abandonara su nihilismo de enfant terrible para deleitarnos con una de miedo (y guión de otro, por favor). Pero todos estos directores (verdaderos autores, dicen) son gente muy seria, que piensa que el cine es otra cosa. Nunca algo que nos haga saltar de las butacas, y segundos después hacernos reír a carcajadas, inclusive con la misma escena. La solemnidad, y no otra cosa, es lo que va a terminar matando el cine.
Cuando Nanni Moretti vio Funny Games, dijo sentirse violado por la película. Años más tarde, premia a un Haneke al borde de la canonización, con la Palma de Oro y lo nombra el mejor director de cine vivo. Amour, la película en cuestión, trata sobre una pareja de ancianos artistas (interpretados por nada menos que Jean Louis Tringtignat y Emanuelle Riva) enfrentados a la enfermedad y la muerte. La muerte que enfrentan es la real, la que eventualmente nos tocara a todos, y de la cual no sabemos nada. No la otra, la más vital, catártica y llena de jolgorio, la muerte que nos trae un grandote con un machete en la mano y una particular máscara de hockey cubriendo su rostro.
Me despido pensando en si esto último que escribí tiene algún sentido. El ser humano no fue hecho para estar tanto tiempo en el aire. Nos vemos pronto.

domingo, mayo 27

Pecados Canninos (VIII)

(REPORTA DESDE CANNES, MARCELO ALDERETE, CRONISTA CABULERO)
Inevitablemente, llegó el final de esta edición del festival de Cannes. Solo quedan unas horas para la premiación y varias funciones en donde uno puede ponerse al día con los títulos que no pudo ver de la Competencia Oficial. En mi caso, en un rato voy a tener la posibilidad  de ver You Ain't Seen Nothing Yet, el film de Alain Resnais, que tuvo opiniones divididas y, más tarde, In the Fog, del ruso Sergei Loznitza, que acaba de ganar el premio Fipresci. Entonces, si bien todavía quedan un par de crónicas sobre el festival (ayer hubo una gran medianoche con la remake de Maniac), ya es hora de empezar con los balances, y qué mejor manera que aventurar lo que puede llegar a ocurrir con el Palmarés cannino. O mejor dicho, cómo nos gustaría que sea la cosa. en la Selección Oficial de este año en el que los grandes nombres cumplieron, los directores de segunda línea (no tanto de talento, sino de nombres) no estuvieron a la altura y los descubrimientos no existieron. Cada vez más, el festival apuesta por viejos conocidos de la casa. Y por lo tanto, sólo es cuestión que esos nombres estén en un buen momento como para que el festival cumpla con su cuota de calidad. Pero sobre esto hablaremos más adelante. Vayamos a nuestros pronosticos, que son más bien espresiones de deseo. Dejando de lado los títulos dichos anteriormente, de lo que vimos, la premiación no debería salir de estos nombres (ordenados según me indica mi -casi siempre- caprichoso gusto):
-In Another Country, de Hong Sang-soo: Una gran  comedia de, quizás, el mejor (y más prolifico) director del momento. El hecho de que se trate de una comedia, debería ser motivo suficiente para su premiación, sin embargo, en los festivales esto suele funcionar al revés.
-Like Someone in Love, de Abbas Kiarostami: Con su obra anterior, Kiarostami encontró un nuevo camino para su cine. Esta película demuestra que ese camino era el correcto y que, sin dudas, Kiarostami es uno de los maestros del cine contemporaneo.
-Holy Motors, de Leos Carax: La sorpresa del festival. El retorno triunfal del ex- enfant terrible del cine francés. Una película sublime por momentos, caprichosa, estúpida y graciosa y, a veces, hasta todo eso en la misma escena. Lo dicho, la sorpresa del festival. Y la mejor película francesa en la Competencia Oficial.
-Cosmopolis, de David Cronenberg. Otro director que parece incapaz de realizar una película mala. Ampliaremos pronto sobre esta pelicula.
-Moonrise Kingdom, de Wes Anderson: A pesar de que mi primera reacción fue un poco desilusionante, quizás porque uno espera siempre mucho de Anderson (aunque también espera más de lo mismo). Un nuevo visionado aumentó sus méritos. Sería un lindo momento ver a la troupe de Anderson subir al escenario, casi repitiendo aquella escena de The Life Aquatic with Steve Sissou.
-Amour, de Michael Haneke: Una obra terrible y humana de un viejo abonado de la casa (quien acostumbra a ser terrible, pero no muy humano). Película que por otra parte, y para no extendernos en demasía, tiene asegurado su estreno comercial en Argentina.
En fin,  especulaciones sobre lo que podría llegar a ser. Esperemos que Moretti y sus secuaces se comporten de la mejor manera posible y nos den una alegría final.
Esto se acaba señores y sñioras. Nos vemos en un rato.

sábado, mayo 26

Pecados Canninos (VII)

(REPORTA DESDE CANNES, MARCELO ALDERETE, AMANTE DEL PONT NEUF)
A veces, uno se equivoca. En verdad, muchas más de las que quisiera, y eso pasa con nuestra grata tarea de programadores. El apuro de ciertos tiempos acotados, los prejuicios, el no saber mirar lo que realmente hay que ver, todo esto hace que cada tanto no veamos ciertas películas de la manera que estas las merecen. Kill List, de Ben Wheatley es una película que fascinó a mi compañero, colega y amigo de andanzas Pablo. Al verla en su momento, yo, un niño criado bajo los saberes y mandatos de los Cahiers du Cinema, la ví con todo mi prejuicio encima. Ya sabemos lo que los Cahieristas opinaban, sobre todo ese villano favorito de Godard, acerca de la inutilidad del cine ingles. No es que tal aseveración sea falsa, pero como toda generalidad encuentra su excepción, y Kill List es esa excepción. O una de ellas, al menos. Pero no vamos a hablar aquí de  Kill List , o no mucho. Para los que la vieron, saben que su trama mezcla de manera ingeniosa, pero no con el ingenio como recurso, el género de películas de gangsters británicos y películas de terror de sectas. La mezcla es extraña, y el resultado da una película seca (en el mejor sentido de la palabra), debido a la seguridad de Wheatley en su puesta en escena, y en su mezcla exacta de realismo a lo inglés, atravesado por lo fantástico.
Ben Wheatley acaba de estrenar en este festival de Cannes, en la Quinzaine de realisateurs, su nueva película Sightseers. Esta vez, para sorpresa de muchos, se trata de una comedia, negrisima, pero comedia al fin. Sightseers cuenta la historia de una pareja que sale a recorrer en un auto con motorhome detrás, paisajes de la infancia de uno de ellos, en la campiña inglesa. Y así, mientras realizan este viaje, van asesinando gente. A pesar de no tener nada que ver con aquella, tranquilamente podría llevar el título de Honeymoon Killers.
Wheatley vuelve a trabajar con personajes grises y de clase media pero -extrañamente por tratarse de un inglés- nunca es condescendiente o los mira por encima del hombro. O lo hace muy poco. Se trata de un cineasta inglés, tampoco exageremos y le pidamos mucha humanidad. El trabajo de Wheatley con su director de fotografía (también  responsable de la imagen de Kill List) es notable. Juntos logran mostrar un mundo horrible de la mejor manera posible, sin caer nunca en la estilización de esa fealdad, sino mostrándolo de una manera exacta hasta en sus más mínimos detalles.
A igual que en la reciente God Bless America (que funciona como una versión americana y menos lograda de Sightseers), aquí el infierno son los otros. Ben Wheatley, junto al trío compuesto por  Edgar Wrigth, Nick Frost y Simon Pegg, le están agregando un poco de gracia (y cine) al cine inglés. O al menos a cierta parte. No hay que olvidar que Ken Loach, en la sección oficial de este Cannes, sigue trabajando como el portavoz de los humildes simpáticos y, ya transformado en el cineasta oficial de Inglaterra, parece haberse olvidado todo. Inclusive que alguna vez fue un cineasta.
Volviendo al tema de las equivocaciones. En aquel entonces, mientras el amigo Pablo trataba de convencerme de las bondades de Kill List, otra película inglesa hizo su aparición en el festival para el cuál trabajamos. Esta vez sí, un compendio de todas las maldades (en todos los sentidos) dignas del cine inglés. Incluído el uso de la palabra redención. Esa película era Tyrannosur. Y todo sabemos lo que terminó ocurriendo con esa infame antigüedad de película (que bien indica su título).
Pero, mejor, vean un clip de Sightseers.
Hace mucho tiempo, en ese lejano país llamado Argentina, las películas de Leos Carax tenían estreno comercial. Así fue como, en algún momento de la década loca de los ‘80, pudimos ver Mala sangre en un cine de la calle Lavalle y salir sorprendidos y exultantes de una película que parecía un compendio adolescente de la obra de Godard. Un Godard for dummies. Pero eso lo supimos después. Un tiempo más adelante. Más allá de la explosión del VHS, la obra de JLG era en una gran e importante parte desconocida para los jóvenes argentinos. Sospechábamos la influencia, pero era otra cosa lo que nos tomó por sorpresa. Quizás fue ese romanticismo a prueba de todo. Esos amores imposibles que sin embargo no se niegan a ser eso: amores e imposibles. O fueron sus protagonistas (en ese entonces rostros desconocidos) Dennis Lavant, Juliette Binoche y July Delpy, quienes corren desesperados durante toda la película en busca de ese amor que está todo el tiempo a la vista, presente y sin embargo empeñado en escaparse.

El resto del elenco no era menos sorprendente y canónico: Michel Piccoli (Godard, claro, pero también toda la historia del cine francés moderno), Serge Reggiani (por si faltaba un guiño a la historia del cine) y Hugo Pratt (el verdadero padre de la aventura), en papeles de gángsters que ven como el mundo que habitan (el cine que habitan) ya empezaba a desaparecer.
La historia de Mala sangre es simple. Alex, un joven de pasado turbulento e hijo de un afamado ladrón, hereda el lugar de su padre en el último robo de una banda de malvivientes más cerca del ocaso que de sus mejores momentos. En el camino, huye de un amor para terminar encontrándose con otro (posible el primero, imposible el segundo). El objeto a robar es un antídoto contra una enfermedad que contrae la gente que hace el amor sin estar enamorada. Todo es movimiento, fuga, y escape en esta película, y momentos y frases epifánícas.
Alex huyendo de su novia y logrando escapar con la ayuda de un guarda de subte. Alex imitando a un bebé para, inmediatamente, salir corriendo por las calles de una Paris (recreada en estudio) al ritmo de Modern Love de David Bowie. Alex realizando trucos de magia y ventriloquia para consolar a su amor imposible. Y el final –inolvidable- con La Binoche corriendo y su rostro manchado de sangre, mientra Delpy también corre en su moto. Y las frases, escuchen: "algún día me olvidarás"' le dice Alex a su novia abandonada, "Un día. O dos"' le responde ella. "Tu sí que has encontrado...la sonrisa de la velocidad" (¿cómo saber, en ese entonces, que esa frase pertenecía a una canción de un tal Leo Ferré?), dice Alex, y realiza un movimiento con su brazo, rápido, torpe y moribundo, todo a la vez, para representarnos esa idea de la velocidad y la felicidad. "Trágate las lágrimas, trágatelas", le exige Alex a Anne, hablándole –literalmente- desde las tripas.
Pasó el tiempo, y Carax realizó su otra obra maestra: Los amantes de Pont Neuf. Y aquí es donde las cosas empezaron a complicarse. Problemas de producción, un presupuesto millonario y un director megalómano, la transformaron en una de las películas más caras de la historia del cine francés. Una sola línea del guión: "Axel y Anna hacen esquí acuático en el Sena", llevó meses y meses de rodaje. La que iba a ser la consagración de Carax, termino siendo su condena. Pero las cosas iban a empeorar.
Pola X, realizada mucho tiempo después, solo complicaría aun más las cosas. Basada en una historia de Herman Melville y protagonizada por los finados Guilleume Depardieu y Katerina Golubeva (a quien está dedicada Holy Motors), Carax llevaba su aura de maldito un paso mas allá y, parecía, lo perdíamos para siempre. No es que Pola X no tenga sus méritos, pero, para un joven maldito no hay nada peor que ver cómo pasa el tiempo y ver que lo de joven y maldito, sólo queda lo último. Después de esta oscura historia de inmigrantes, amores terribles e incesto, Carax desapareció, volviendo brevemente para realizar algunos cortometrajes. Hasta que, cuando nadie lo esperaba, aparece Holy Motors.
Al principio de Holy Motors uno se espera lo peor. Carax, autodedicándose su propio 8 y medio, (aquella película enorme, brillante y agotadora que Fellini se dedicó para terminar de armar su personaje y establecerse en el cánon de grandes e inmortales autores del cine, he ahí lo "Fellinesco", término que se usa para describir escenas de circo, multitudinarias, o de gente gritando). Pero Holy Motors es algo diferente. Al verla, uno no puede dejar de imaginarse a Carax anotando todas sus ideas para futuras películas en una libreta, y en un momento darse cuenta que todas esas ideas eran su nueva película.
¿Para qué hacer una película entera, si con un par de escenas ya la podemos contar? No en vano en el pressbook de la película, entre varias citas de literatos, aparece J.L.Borges (J.L., como Godard). Eso es, de alguna manera y entre muchas otras cosas, Holy Motors. Una fantasía tecno-erótica, una fabulosa (y farsesca) relectura de la bella y la bestia, la historia del doble (de nuevo Borges), el viaje entre un padre y su hija, un musical y, por sobre todas las cosas, un homenaje de Carax a su eterno alter ego, ese gran actor que es Denis Lavant.
Holy Motors, dentro de la película, es un garage donde duermen varias limousinas que recorren la noche parisina. En ese garage, que también es la película, parecen vivir todas las historias que el cine ya no sabe cómo contar o qué hacer con ellas. Holy Motors es una pelicula inabarcable. Habrá que volver con más tiempo y sobre todo, con más calma. Volvió Leos Carax y ya no es aquel joven con pose de maldito, ahora es un director de cine, extremadamente generoso con su arte.
Y aquí los dejo, espero no haberlos cansado con tanto palabrerío, por (muchos) momentos, inconexo. Sabrán disculpar la velocidad y excitación que provoca este lugar, y, sobre todo, mis limitaciones. Ahora sí, los dejo. Me espera el maestro que le falta a este festival. El gran Cronenberg, difícil que nos falle. Larga vida a la carne nueva, mis queridos lectores.

viernes, mayo 25

Pecados Canninos (VI)

(REPORTA DESDE CANNES, MARCELO ALDERETE, MR. REDRUM)
Y a pesar de que falta para que termine el festival, el clima de fin de fiesta ya invade Cannes. Las cenas nocturnas empiezan a ser de despedidas, como la de anoche, con la gente del Film Comission de Buenos Aires y los Diegos (Lerer y Battle). Mi amigo y ladero durante este Cannes, Mau Alena, emprendió hoy a la mañana su retorno a nuestro Buenos Aires querido.
Si  bien por acá uno nunca está solo (nos escuchan hablar en castellano y las chicas se nos vienen encima), siempre es mejor andar al menos de a dos. Y Mauro este año no sólo fue un gran compañero de equipo, sino también una persona que con su generosidad hizo que mi estadía, (que continua hasta el final mientras que la de él, injustamente ya se terminó) mucho mejor de lo que hubiera sido. No hay caso, uno tiene una familia (laboral en este caso), pero siempre los que te terminan salvando son los amigos. Hasta la vista Mau, voy a extrañar tus ojos de pollo pequeñito. (Disculpas por el chiste interno y levemente afeminado, pero ya lo van a entender).
Los documentales en el festival de Cannes suelen ser olvidables y agruparse en una sección paralela llamada Cannes Classics y difícilmente llegan a la Selección Oficial. Obviamente que hay excepciones, pero la mayoría suelen ser meros vehículos didácticos y de difusión de tal o cual tema o artista. Trabajos que más que de un director, parecen hechos por editores o montajistas. Y lamentablemente, este es el caso de Method to the Madness of Jerry Lewis. Claro que es divertido mirar extractos de las películas de Lewis, y verlo trabajar en sus puestas en escena, y enterarnos que Jerry fue (al menos nos lo dice esta película), el creador del video-assist. También está bueno escuchar, entre otros, a: Carl Reiner, Jerry Seinfeld, Richard Lewis, Chevy Chase, Carol Burnett, Woody Harrelson y Quentin Tarantino, diciendo cuánto admiran al Lewis. Pero todo esto se agota en pocos minutos.
Tanta glorificación de un personaje termina sonando extraña o demasiado edulcorada, sobre todo con alguien con más de un momento interesante (y algunos oscuros) en su historia personal.
Nada se dice aquí de su separación con Dean Martin, ni de su ascenso como director a una edad tempranísima (Lewis fue, de alguna manera, un Orson Welles de la comedia), ni de esa película perdida en la historia de Hollywood llamada The Day the Clown Cried, en donde Lewis se adelantó al siniestro Beningi al tratar de realizar una comedia con nazis de fondo. Eso sí -es inevitable- uno termina con unas ganas tremendas de volver a ver toda la obra de Lewis. Y eso haremos ni bien volvamos a nuestra querida tierra argenta.
Después de escribir el párrafo que viene, me doy cuenta que desmiento lo dicho anteriormente. Pero no miremos atrás y sigamos adelante, como hace la gente que no mira atrás y sigue  adelante.
Room 237 es un documental sobre gente obsesionada. Y el objeto de esta obsesión no es otro que la película El resplandor, del también obsesivo Stanley Kubrick. Durante casi hora y media, asistimos a diferentes hipótesis que buscan significados dentro de las imágenes de esa película. El holocausto, la masacre de indios, mensajes sexuales subliminales, el viaje a la luna. Todo eso y mucho más entra en la locura conspirativo/interpretativas de los diferentes personajes que desde la voz en off nos hace escuchar la película. La forma de este documental es simple y bastante elegante, a pesar de tener una gran cantidad de material sacado de viejos tapes VHS, (en los créditos aparece un encargado de recuperar el material en este nostálgico formato). A simples pero efectivas recreaciones de gente en una sala mirando películas, se le suman muchos clips de las películas de Kubrick, no solo El resplandor, y, como decíamos antes, varias imágenes de procedencias a veces extrañas, a veces muy simpáticas. Por ejemplo, aparece Stephen King en su gran actuación en Creepshow. Ahora que nadie escucha, debo decir que Kubrick nunca estuvo en mi canon personal de directores favoritos. El género cinematográfico en el que se encuadraban sus películas -esto lo dijo alguien antes- siempre fue el de la obra maestra. Por ese motivo, es divertido ver cómo este documental no termina de tomarse en serio las obsesiones de Kubrick, ni las que genera en sus fanáticos. Un poco de risa ante tanta solemnidad siempre viene bien. Pero tampoco nos riamos tanto, la obsesión al fin y al cabo es la piedra fundante de (entre otras cosas inútiles) la cinefilia.
La obra del fotógrafo y documentalista Raymond Depardon siempre fue seria y rigurosa. Y por eso sorprende de muy buen manera la alegría y liviandad que se desprende de Journals de France, película co-dirigida  por Depardon y su mujer, la sonidista Claudine Nougaret. Journals está armada como una visita al arcón de los recuerdos de Depardon. Imágenes que no entraron en sus películas, pero también material de otras procedencias. Todas imágenes increíbles. Sobre todo un material registrado originalmente en Super 8, en el que aparece un jovial Eric Rohmer correteando a las actrices durante el rodaje de El rayo verde. Un momento luminoso. Pero no es sólo eso la película. Hilvanando todos estos recuerdos, también acompañamos a un solitario Depardon, que con su camioneta recorre Francia deteniéndose cada tanto para tomar una foto de un paisaje o unos personajes que le llaman la atención. Es increíble verlo esperar a que pasen los autos, que la luz sea la correcta y hasta acomodando una hoja de árbol caída en el piso, para lograr su encuadre.
Un rato después de terminada la función, me lo cruzo a Sergio Wolf, quien me dice que a Depardon el amor lo ablandó. Y quizás haya algo de cierto en ese frase. Cuando el amor entra por la puerta, el rigor sale por la ventana. ¿A quien habría que culpar por esto? Journals de France, es una celebración, de la obra de Depardon y, de paso, de Francia y del cine.
Me gustaría terminar esta crónica contando las buenas noticias que tenemos para el Festival de Mar del Plata, todas fruto del trabajo que estamos realizando en Cannes. Pero lamentablemente, no me dejan. Habrá que esperar un poco todavía... Se vienen buenas nuevas, estén atentos queridos amigos. Mientras tanto...

miércoles, mayo 23

Dj Malhumor en peligro

El asunto es que Dj Malhumor se las arregló para estar otra vez arriba de un micro alto e inestable en un camino de cornisa infinita que daba miedo de solo mirarlo. Enfrente del micro, parado ahora, hay dos camiones que vienen del otro lado. Apenas hay lugar para un auto; cómo van a hacer para pasar el micro y los camiones es un misterio. También es un misterio cómo se las arregló Malhumor para estar haciendo algo que una vez, hace tiempo, se dijo, no volvería a hacer ni mamado. Todo empezó en Chile hace unos meses en Torres de Paine. Fue el día en que conoció a Batichica. Caía la tarde y las montañas estaban majestuosas. El cielo tan diáfano y las paredes de granito que parecen que todavía se están
elevando. Era esa hora en que no se sabe si la luz está por irse o recién está llegando. En el campamento todo el mundo ponía orden a las últimas cosas del día. Ya se había cenado. Ya se habían visto una vez al pasar; esta vez hablaron un rato sin tiempo; al final ya estaba todo oscuro y no quedaba nadie alrededor; sin que dieran cuenta todo se fue apagando; solos ellos y el silencio de la montaña. Al final de la charla, parados los dos cerca de un árbol frondoso, decidieron irse a Cuzco en bicicleta. El encuentro tuvo algo de mágico; como si el destino hablara. Malhumor, este es el camino le decía el destino. Lo que es terrible. ¿Hay mano más férrea y difícil de torcer que la del destino mismo? ¿Se le puede decir que no al destino? A un libre pensante como Malhumor el destino le da miedo y entonces, como en otras oportunidades, hace cosas como para ponérselo en contra. Aunque sea un poco. Malhumor tiene un amigo que cada vez que conoce a una chica la lleva a ver alguna de sus películas favoritas. En general incluso es siempre la misma. Para Malhumor es al revés. Cada vez que conoce a alguien quiere ver algo nuevo; a riesgo de que salga mal; realmente mal. Por eso es raro que terminaran con las bicis en la bodega del micro en esa ruta tan hermosa como endemoniada que ya conocía en parte. La música del azar seguramente. Después del primer encuentro en que decidieron el viaje se vieron unas horas en Ushuaia, otras más en el Chaltén tomando mate junto al río y por el último en la cancha de River cuando Trezeguet le hizo ese golazo de volea a Ferro. Después, sin más, salieron. Por eso terminar arriba de un micro por esos caminos de cornisa no es lo único arriesgado desde que la conoció. Está de hecho batichica misma; por supuesto; aunque todavía no puede saberse. Mucho más urgente fue lo de la víbora. Habían terminado de ver una película afuera de las carpas cuando encendieron las lámparas frontales y la vieron. Parece un chiste porque esas cosas no pasan. Que una víbora venga hacía dónde uno está y quiera meterse dónde uno debería estar durmiendo solo sucede en películas. A Malhumor le pareció ridículo y gracioso a la vez. No terminaba de creerlo. Como aquella vez que lo corrió un chancho salvaje. Sí alguien lo viera desde el cielo con el aislante de escudo y un palo como arma. La víbora se irguió y levantó la cabeza como en los documentales de la tele y entonces Malhumor terminó en la carpa de batichica por un rato. Algo debe andar mal en su cabeza que prefirió salir a enfrentar al bicho a quedarse en la carpa con la rubia más linda de todas. Creo que lo dijo Nietzsche; para el macho lo primero es el orgullo. La víbora resultó ser en verdad muy venenosa lo que a la mañana siguiente hizo todo aún más irreal. Malhumor se había arriesgado de verdad; seguramente porque no lo sabía. Esa noche tuvo sueños extraños donde caminaba por una ciudad desconocida y conocida a la vez. Volver a hacer algo que da miedo; enfrentar animales peligrosos; estar allí dónde no nos esperan. Repetición y diferencia en la vida de nuestro héroe. Dj Malhumor

martes, mayo 22

Pecados Canninos (V)


(DESDE CANNES, REPORTA MARCELO ALDERETE, CRITICO HEMOFILICO) 
Las expectativas que se generan en el festival de Cannes son tan grandes que suele ser muy difícil superar esos entusiasmos iniciales. Las ganas de ver ciertas películas por primera vez tampoco ayuda demasiado. La ansiedad suele ser mala consejera, y algo de eso ocurrió ayer con el esperadísimo -hablo por mi, claro- estreno del Drácula 3D de Dario Argento.
Pero vamos por partes, que falta mucho para la salida del sol (get it?, Ok...).
La noche de ayer (aunque escribo esto y no sé bien de que estoy hablando) comenzó con el estreno de la última película de Raoul RuizLa noche de enfrente. Ahí estuvimos  para darle apoyo moral a la bellísima y talentosa actriz Valentina Muhr (imaginen una joven Isabelle Hupert en versión chilena), nuestra compañera de este hotel en el casi fin de Cannes. La presentación fue bastante emotiva, pese a que la introducción del nuevo director artístico de la Quinzaine, Eduard Waintrop, no fue de lo más entusiasta. Entre el numeroso grupo de gente relacionada con la película, franceses y chilenos, se encontraba la esposa de Ruiz, Valeria Sarmiento y uno de los productores franceses que contó haber estado hablando por teléfono con Ruiz y que este le dijo preferir presentar su obra póstuma en la Quinzaine antes que en la sección oficial, como ocurrió hace mucho mucho tiempo con su ópera prima.
La película no está a la altura de Misterios de Lisboa y, dentro de la obra prolífica e inabarcable de Ruiz, pertenece a aquellas que trabajan sus historias como cajas chinas y sus decorados como casa de muñecas. Guiones llenos de diálogos, por momentos graciosos, por momentos surrealistas, llenos de juegos de palabras y, una vez más, el tema de los recuerdos y la muerte.
Dejemos por ahora a Ruiz, aunque quizás continuemos con él más adelante o -como suele suceder en estas crónicas- quizás no. La obra de Ruiz es tan amplia que nosotros, los espectadores, seguramente necesitaremos más de un vida para recorrerla en su totalidad. Es difícil pensar en un director menos solemne que Ruiz, así que dejémoslo tranquilo y no realicemos ningún tipo de homenaje ni despedida. Hagamos algo mucho más simple, veámos sus películas.
A pesar de lo que uno esperaba de antemano (Drácula + Argento + Asia + 3D + Rutger Hauer) esta versión de Drácula no es un festival del exceso, al contrario, es una de sus películas mas clásicas. No estamos aquí frente al vampiro de Stoker, (Drácula es un personaje del cine y no de la literatura) este príncipe de las tinieblas es el del mito y costumbres que creó el cine.
Es cierto que las últimas películas de Argento no son de lo mejor (a pesar de que no deja de causarme mucha gracia que haya titulado una de sus películas Giallo, igualándose con Godard y su Nouvelle Vague, la película), pero uno esperaba que este Drácula fuera una vuelta a sus mejores formas, algo que lamentablemente no sucedió (o no del todo), pero sí es una gran película.
En este mundo en donde los Thomas Vinterberg y Ulrich Siedl son considerados cineastas serios y tenidos en cuenta, el viejo Argento tiene todavía mucho para ofrecer. Y si bien hablo de falta de excesos, es en relación al universo y los parámetros que definió el italiano en su obra.
Aquí hay una mantis religiosa gigante, un solo de Drácula a puro asesinato (ya lo van a ver) que termina en aplausos de la audiencia, un trío femenino a pura belleza y carnalidad como no se veía hace mucho tiempo y un tremendo Van Helsing a cargo del replicante Hauer. Y claro, el 3D. La fotografía es de un viejo conocido de la casa, el oscuramente luminoso Luciano Tovoli (googlear su obra es caer de espalda automáticamente) y el uso que hace junto a Argento de este antiguo truco de feria es algo nunca visto.
Esperemos a Godard, pero Argento se suma a Ken Jacobs como uno de los directores que mejor utilizan el 3D como recurso, sin tomárselo jamás en serio. Ellos saben que la cosa va por otro lado. Aquí todos los decorados son puro artificio, pero esto no es Avatar, es un universo en donde lo falso se ve falso y a mucha honra. Ver la película es como mirar imágenes de esos libros troquelados con cuentos para niños. Una especie de profundidad de campo que funciona por capas.
¿Desde qué lugar se puede criticar a este Drácula¿Desde el de la lógica narrativa? ¿Desde su desfile de lugares comunes? ¿Diciendo que el doblaje suena falso? Minucias. Todas esas cosas son para cineastas que no tienen más para ofrecer que cierta representación de la realidad de un mundo, que ellos piensan que es "el" mundo. Lo de Argento es otra cosa, es cine. Hay que hacerse un favor y dejarse llevar. ¿Qué es Argento, sino el Antonioni del cine de terror? Ya no es rojo, ni es sangre, es Argento. (Este extracto será publicado en breve en un libro titulado,: "Argento explicado a los tibios", y que bufen los eunucos).
Volviendo a la presentación en sí, hay que decir que tuvo todo el suspenso del cual carece -o no le hace falta- la película. Como suele suceder con las funciones de gala, los tiempos se estiran, uno piensa que no va a entrar, que algo malo va a suceder, y algo así ocurrió.
Thierry Fremaux (¿Van Helsing o Drácula?) comenzó la función introduciendo a todo el equipo presente en la sala, y con un video sorpresa y bastante rutinario que resumía toda la obra de Argento. Tomémonos un segundo y enumeremos solo algunas de sus obras: Suspiria, El pájaro de las plumas de cristal, El gato de las nueve colas, Inferno, Rojo profundo, y así... Es como decir "la historia del cine contemporáneo según la Generación VHS". Quien esto escribe soltó lágrimas durante todo este momento. Ver a Argento tan cerca de uno, no es algo fácil. Es demasiado fuerte ver al responsable de buena parte de tu cinefilia a pocos metros y compartir con él una película.
Terminada esta introducción, comienza la película. Imaginen una sala con 2300 espectadores con lentes 3D, la imagen es hermosa. Arranca la película y ya sobre los títulos vemos que algo esta mal. El 3D no se veía como tal, por algún motivo técnico que se me escapa, (mis conocimientos no llegan a tanto y si alguien me lo explica, se lo agradezco). La cuestión es que se encendieron las luces y pasó un rato largo hasta que hizo su aparición Fremaux, quien, previo pedido de explicaciones a una persona encargada del área técnica (quien seguramente trataba por primera vez con Thierry Fremeaux), subió al escenario para explicar lo ocurrido, en francés, claro. Mis nervios e ignorancia hicieron que todo el momento sospechara que la función se había suspendido. Ante lo cual mi terror, (el verdadero, el horror, el horror) me volvió a hacer brotar las lágrimas. Pero la cosa no fue así, la función se reanudó y todo siguió su curso natural. Una noche, como suele decirse, llena de emociones, mis queridos príncipes y princesas de la tinieblas.
Me despido una vez más, en esta ocasión dedicando esta humilde crónica a todas las personas responsables de las  áreas técnicas de todos los festivales de cine del mundo. Verdaderos héroes y criaturas de las tinieblas quienes, como el transilvánico chupasangre, viven condenados a estar en las sombras, viendo como los demás disfrutan las luces del éxito. Pocos lo saben, pero ellos son la verdadera sangre que hace funcionar a estos circos romanos modernos llamados festivales de cine.

domingo, mayo 20

Pecados Canninos (IV)

(REPORTA DESDE CANNES, MARCELO ALDERETE, CANIBAL CINEFILO)
Otro día más en donde mis actividades laborales me mantienen alejado del cine. Suena paradójico, pero es así. También es cierto que a pesar de todo -y sacando dos funciones del mercado de las que huí raudamente-, pude ver la que hasta ahora es la mejor película en lo que va del festival y hacerme con mi entrada para asistir al evento cinéfilo de este festival: el Dracula 3D del maestro Dario Argento.
La mejor película, en lo que va de mi festival, es Mekong Hotel de Apichatpong Weeresethakul. Al terminar esta crónica,  espero poder demostrar que Argento y Weeresethakul son directores muy similares, aunque sea desde las antípodas de sus obras y visiones cinematográficas. ¿Será esto posible? ¿Acaso los extremos no se tocan y acaso las dos caras de la misma moneda no son, al fin y al cabo, la misma moneda? Y se me acabaron los lugares comunes, aunque eso, comunes, es lo que justamente no son ni Dario ni Apichtapong. Pero empecemos desde el principio.
A veces pasa: un día, sin previo aviso, aparece una Valentina en la vida del cinéfilo solitario que se toma el colectivo para ir al Palais. Valentina es una actriz chilena que estudia en Londres gracias a una beca, y vino a Cannes para la presentación de La noche de enfrente, última película del gran Raúl Ruiz, en donde Valentina actúa. Aunque ella dice que aparece solo en un par de escenitas. Pienso en más de una actriz argentina que basaría su carrera en haber aparecido aunque sea un segundo en una película de Raúl Ruiz. Valentina nos confirma que (leer con acento chileno), el hotel donde paramos, nosotros y ella, es una "puta mierda". Y habrá que creerle nomas.
Junto a Valentina tomamos el 20, y previo tour didáctico por la zona del festival (un servicio gratuito que Alderete Producciones brinda a las chicas lindas), nos dirigimos a buscar entradas, enterándonos que los actores acreditados retiran sus tickets en una oficina diferente. Al salir de allí, se nos acerca otra actríz, esta vez española. Christina nos escucha hablar y nos pregunta si somos argentinos y nos ponemos a conversar e intercambiar teléfonos, mails y esas cosas que hacen la vida social mucho más efectiva. Pero dejemos a las bellas actrices por ahora, que de esto no se vive (mentira) y sigamos un rato más con la vida social, que hoy fue un día cargadito en ese aspecto.
En el transcurso de la jornada, nos cruzamos y charlamos con los chilenos AFA, Raúl Camargo y Carlos Núñez R. Más tarde, por la noche, ya de vuelta al hotel, veo que me saludan de un bar y no eran otros que el eminentísimo Sr. Jurado de Un certain regard Luciano Monteagudo, cenando con él, (que raro escribir esto) el ex- director del BAFICI, el señor Sergio Wolf, quién se burló de mis penurias y quejas por no poder ver muchas películas. "¿Viste lo que pasa con la cinefilia cuando hay más responsabilidades?",  me dijo. Y tiene razón. En las responsabilidades comienzan a morir los sueños de los cinéfilos. Monteagudo nos contó divertidas anécdotas de su tarea de jurado y nos aseguró que Tim Roth es una buena persona. Con Sergio le dijimos que no se confíe demasiado, mirá lo que le paso a Harvey Keitel por confiarse. Y así, caminando al lado de Wolf hasta la terminal de micros y esperando junto a Valentina la llegada del 20, termino un nuevo día.
Y me estaba yendo sin hablarles de la nueva película de Apichtapong.  Ahí vamos, antes de que nuevamente me gane el cansancio.
En las listas previas que circularon con los títulos para este festival de Cannes, la de Apichtapong no estaba en ningún lado. Hasta que, de repente, apareció en una sección al costado de las competencias oficiales. Hay algo de lógico en esta decisión de Fremeaux, ya que el canon de normalidad de su festival seguramente no concibe a Mekong Hotel como una película. Y algo de eso hay (ay!) aunque no dicho de manera peyorativa.  Es tal el estado de gracia de Weeresethakul hoy en día, que incluso sus ensayos o apuntes son superiores a muchas de las películas que participan en este festival en las secciones oficiales. Mekong Hotel funciona de la misma forma en que lo hacía el corto documental A Letter to Uncle Boonmee, previo al largometraje El hombre que podía recordar sus vidas pasadas (Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives). Aunque al final las dos obras terminen funcionando de manera autónoma. En Mekong Hotel hay una pareja de actores dialogando entre ellos, quizás en el descanso de un rodaje o ensayando el texto de esa misma película, grandes planos de paisajes en donde sus figuras se recortan, allá a lo lejos en la inmensidad, una madre y una hija hablando entre ellas y un músico que ensaya y olvida una canción, interpretada en su guitarra acústica, frente a la mirada atenta del mismísimo Joe y -aquí viene la sorpresa- personas que aparecen comiendo carne humana debido a un cambio sufrido en sus metabolismos. Si señores, la próxima película de Apichtapong, podría ser una de terror.
Y hablando de terror, el terreno queda preparado y manchado de sangre para la llegada del Dracula 3D, esperadísima nueva película de Argento que se presenta hoy a la trasnoche. Lo único que pido es no estar cerca de mis conocidos si llega a hacer acto de presencia el mismísimo Argento. Mis lágrimas podrían comenzar en ese momento y detenerse recién dentro de cuatro festivales. Y sabemos que el 3D no se lleva bien con las lágrimas.
Al empezar a escribir esta crónica les prometí unir los nombres de Weeresethakul y Argento, pero ahora no recuerdo bien ni cual, ni cómo era mi teoría. Algo sobre la creencia en lo sobrenatural en los dos autores, sobre la intima relación entre el cine exploitaiton y el cine arty... Pero no, no hay caso, no logro recordarlo. Se los debo. Lo que indica dos cosas: una, mi falta de inteligencia; dos, mi cansancio y tres, la poca palabra que tengo. Ah, eran tres las cosas indicadas...
Nuevamente, y contando las horas para la medianoche de Argento, los despide desde la frontera misma de Cannes pero siempre del lado de adentro, este humilde cronista.
(Con todo el amor y garra que le estamos poniendo a este festival, no sé que espera Thierry Fremeaux para ponernos un auto con chofer a disposicion, si lo ven por ahí, avisenle).

sábado, mayo 19

Pecados Canninos (III) (b)


(DESDE CANNES REPORTA MARCELO ALDERETE, AMIGO INTIMO  DE MICHEL GONDRY)
Después de cinco horas de sueño, varias reuniones y un almuerzo que consistió en un hot dog, un colorido cupcake y un  fuerte y cortisimo café, me veo en condiciones de seguir contándoles sobre la nueva obra del amigo Gondry.
Obviamente, estoy siendo presionado por las altas esferas de Encerrados Afuera para que complete el texto de marras. Digan que una vez que retorne a mi Buenos Aires Querido, me espera un abultado cheque de...Ah, no...? Bueno, terminenmos de una buena vez entonces...
The We and the I, es el titulo de la nueva pelicula de Michel Gondry. La historia transcurre, casi en su totalidad, dentro de un ómnibus que atraviesa New York, mientras un grupo de jóvenes negros y algún latino, conversan entre ellos luego del ultimo dia de clases. Esta idea de puesta, hace que la pelicula esté armada y apoyada a partir de los diálogos de los jóvenes, quienes hablan y hablan y hablan. Las conversaciones, la cámara y la atención, van yendo de un lado al otro, casi siempre, como dijimos antes, dentro del ómnibus en movimiento. Uno podría imaginar que se trata de algún tipo de tour de force en el cual el ingenio visual de Gondry nos mantiene en vilo durante el transcurso del viaje y de la película. Pero no, no hay nada de eso. Lo que vemos no escapa de una puesta teatral en la cual no faltan los momentos de catarsis y lucimiento de los jóvenes actores. Inclusive varios inserts (por llamarlos de alguna manera) que aparecen durante toda la película -y que son lo mas cercano a la imaginería visual del admirado director francés-, parecen realizados por un poco talentoso imitador del mismo Gondry. Al treminar la película uno espera que aparezca una placa diciendo que se trata de algun tipo de ejercicio entre El Director y algún Grupo de Teatro que basa sus trabajos en la improvisación o algo por el estilo. Pero, no. Es una pelicula que no sólo lleva a preguntarse sobre los motivos de Gondry, sino también sobre el resto de su obra, para saber realmente de qué hablamos cuando hablamos del cine de este francés americanizado.
Un dia más que se termina y nuevas aventuras que nos esperan. Desde aqui, el centro neurálgico de esa cosa llamada cine, una vez más me despido.